Dónde están todos mis pensamientos profundos? Andan dispersos en caminos que no son los propios, que no son los míos. Andan distraídos, confundidos.
Qué es esto de la percepción...? Cómo es el chiste de que de repente veo dos ventanas, luego miro de nuevo y hay tres...? Sé que mi mente completa la información faltante para que lo que recibe sea coherente, se inscriba en un marco en el que mi raciocinio le dé cabida, donde las cosas sean relativamente comprensibles, donde no varíen arbitrariamente. Donde las... fantasías, o realidades, que percibíamos con mi hermano cuando chicos ya no tengan cabida por no formar parte del mundo adulto real. Pero por qué a veces todavía falla y veo dos ventanas en lugar de tres?? Es acaso para que la pregunta no muera, para que termine de asumir que la visión de ciertas cosas que tenía cuando era chico era más fiel a lo que está del otro lado, que ésta que me supe construir como intento de adulto?
Insisto en preguntarme cotidianamente qué es lo real, y qué sentido tiene la necesidad de construcción de un marco inamovible en el que todo lo que me rodea ocupe su justo lugar. Cuán... adecuado, o posible, es eso, cuando tengo conciencia plena del hecho de que en un plumazo las cosas están, son, y luego al siguiente dejan de. Pero si no hay afán de construcción bajo algún criterio, entonces el ser es simplemente un devenir no consciente, un dejar que las cosas sean, sin sentido, sin pretensión, sin razón de ser en sí mismas. Se es, punto, de la misma manera que es una roca, o una bocanada de aire. Qué me diferencia de ellas, entonces? Acaso es mi capacidad de accionar sobre la realidad lo que me da sustancia, lo que me da ser? Qué papel cumple la conciencia? Su rol se limita, también, exclusivamente a ser y a no incidir en la realidad, no más que como lo hace una roca? Mi cultura discrepa con ese punto de vista y mi intuición se rebela, no termino de aceptar ni racional ni irracionalmente que entre una roca y yo no hay diferencia sustancia, y sin embargo esa misma visión cultural resulta insatisfactoria, en tanto se espera algo que nunca se obtiene, a saber, esa capacidad de prever ciertas cosas que casi por definición son impredecibles. Qué o quién soy, y cuál es mi papel en toda esta conjura? Ninguna de estas preguntas se puede responder aquí, ahora. A lo mejor sólo se pueden responder cuando no es necesario responderlas, pero entonces ya no tienen sentido como preguntas... luego, caigo otra vez en eso de que aquí simplemente... se deviene, y no hay idea a priori que fundamente ninguna construcción. Sin embargo algo en mí se rebela contra tal conclusión, siento la necesidad de construir, de crear. De confiar...
domingo, 26 de julio de 2009
Correlación entre magia y ciencia
Se me ocurrió pensar en esto de hasta dónde se pregunta uno cuando hace ciencia. Cuáles son las hipótesis que se adoptan a partir de las cuales se estructura el saber. La constante de gravitación universal, la constante de Planck, el principio de mínima acción, el de incerteza, y así.
Qué es lo que uno entiende por 'magia' en el contexto en el que se puede hacer esa pregunta? Bueno, yo creo que en mi caso en particular implica la suposición de una disciplina que abarca un saber profundo, arcano, antiguo, cuyo objetivo último es la comprensión de la realidad y que, en el camino de alcanzar ese objetivo último, obtiene otros saberes menores que permiten a quien ejerce ese saber manipular la realidad a su (relativo) antojo. Por supuesto, hay principios que son inquebrantables pues sino todo mago de leyenda sería todopoderoso, pero en término generales se me ocurre pensar que la descripción es válida. Ahora, yo me pregunto, qué diferencia esa descripción de una descripción de la pretensión de conocimiento que tenemos en esta realidad? Quizás hay detalles epistemológicos, cognitivos, que claramente se me escapan, pero se me ocurre pensar que esa descripción tranquilamente podría aplicarse a la ciencia. Y es gracioso pensar en que las limitaciones al conocimiento que tiene la ciencia tranquilamente podrían aplicarse a la magia, así como su eventual falibilidad (en general un mago legendario falla mucho menos que un científico que hace una predicción).
Una diferencia interesante que encuentro es que nosotros, para ejercer el conocimiento, necesitamos desarrollar tecnología, y esa tecnología en general está asociada con el desarrollo de herramientas a partir de las cuales manipular o acceder a partes de la realidad previamente vedadas (una radiografía, un pesticida, un cohete, etc). Los magos, en cambio, aplican el saber directamente sobre ellos mismos para accionar sobre la realidad; a lo sumo suelen tener algún elemento mínimo sobre el cual concentrar su 'poder', pero en la práctica la aplicación de su saber sobre la realidad es a través de ellos mismos: nadie vio que Gandalf se construyese un cañón para espantar lobos espectrales, simplemente largó fuego desde su vara...
Otra diferencia que observo es que el 'sabio' presente está inmerso en su medio en tanto existe una estructura de poder que sustenta su saber. Como el saber que obtiene no incide sobre la realidad (directamente, esta afirmación se puede discutir) si no es a través de la creación de tecnología, necesita alguien a quien le interese la creación de tal tecnología como instrumento para detentar algún tipo de poder. Si a nadie le interesa, entonces nadie financia su conocimiento, su creación: de alguna manera el 'sabio' necesita de quien lo necesita a él tanto como se lo necesita recíprocamente. El mago, en cambio, en tanto puede utilizar su saber directamente para accionar sobre la realidad, no necesita ni de nada ni de nadie que le dé los medios como para poder adquirir su conocimiento: él se vuelve, no sólo a través de su saber sino también a través de esa capacidad para incidir sobre la realidad directamente, en una entidad con un poder en principio mucho mayor que la de cualquier otro, que no posea su saber. Ahí es donde, en las historias fantásticas, se me escapa un poco el por qué alguien así habría de no ser más que lo que la historia le pide: claramente, se pueden utilizar otro tipo de argumentos, holísticos, metafísicos, religiosos, etc, que contengan esa capacidad potencial. Pero está claro que si se pudiese encontrar una manera de limitar ese poder de una manera más 'realista' y sin necesidad de recurrir a terceras hipótesis podría encontrar (yo, al menos) otra manera de validar, en el contexto en el que la 'magia' existe, su consistencia.
Quizás una historia interesante sería la de alguien que empieza a vivenciar ese poder, y que repentinamente se encuentra con la posibilidad de volverse algo muy próximo a una entidad todopoderosa. Cuál sería la problemática que se podría plantear? Elegiría detenerse? Por qué, y por qué no? Cuál sería el objetivo, en tal búsqueda? En todo caso, esa adquisición de conocimiento y poder, le permitiría responder la pregunta inicial, la que motivó su búsqueda? En principio me permito suponer que no, por cuestiones relativamente obvias, pero bueno, ya se verá cuando le dedique más tiempo...
Todo esto es súper discutible y no es más que un borrador de idea, pero quería tenerla anotada en alguna parte para no olvidarla. Si alguien quiere hacer alguna crítica o comentario, mucho más que bienvenido...
Qué es lo que uno entiende por 'magia' en el contexto en el que se puede hacer esa pregunta? Bueno, yo creo que en mi caso en particular implica la suposición de una disciplina que abarca un saber profundo, arcano, antiguo, cuyo objetivo último es la comprensión de la realidad y que, en el camino de alcanzar ese objetivo último, obtiene otros saberes menores que permiten a quien ejerce ese saber manipular la realidad a su (relativo) antojo. Por supuesto, hay principios que son inquebrantables pues sino todo mago de leyenda sería todopoderoso, pero en término generales se me ocurre pensar que la descripción es válida. Ahora, yo me pregunto, qué diferencia esa descripción de una descripción de la pretensión de conocimiento que tenemos en esta realidad? Quizás hay detalles epistemológicos, cognitivos, que claramente se me escapan, pero se me ocurre pensar que esa descripción tranquilamente podría aplicarse a la ciencia. Y es gracioso pensar en que las limitaciones al conocimiento que tiene la ciencia tranquilamente podrían aplicarse a la magia, así como su eventual falibilidad (en general un mago legendario falla mucho menos que un científico que hace una predicción).
Una diferencia interesante que encuentro es que nosotros, para ejercer el conocimiento, necesitamos desarrollar tecnología, y esa tecnología en general está asociada con el desarrollo de herramientas a partir de las cuales manipular o acceder a partes de la realidad previamente vedadas (una radiografía, un pesticida, un cohete, etc). Los magos, en cambio, aplican el saber directamente sobre ellos mismos para accionar sobre la realidad; a lo sumo suelen tener algún elemento mínimo sobre el cual concentrar su 'poder', pero en la práctica la aplicación de su saber sobre la realidad es a través de ellos mismos: nadie vio que Gandalf se construyese un cañón para espantar lobos espectrales, simplemente largó fuego desde su vara...
Otra diferencia que observo es que el 'sabio' presente está inmerso en su medio en tanto existe una estructura de poder que sustenta su saber. Como el saber que obtiene no incide sobre la realidad (directamente, esta afirmación se puede discutir) si no es a través de la creación de tecnología, necesita alguien a quien le interese la creación de tal tecnología como instrumento para detentar algún tipo de poder. Si a nadie le interesa, entonces nadie financia su conocimiento, su creación: de alguna manera el 'sabio' necesita de quien lo necesita a él tanto como se lo necesita recíprocamente. El mago, en cambio, en tanto puede utilizar su saber directamente para accionar sobre la realidad, no necesita ni de nada ni de nadie que le dé los medios como para poder adquirir su conocimiento: él se vuelve, no sólo a través de su saber sino también a través de esa capacidad para incidir sobre la realidad directamente, en una entidad con un poder en principio mucho mayor que la de cualquier otro, que no posea su saber. Ahí es donde, en las historias fantásticas, se me escapa un poco el por qué alguien así habría de no ser más que lo que la historia le pide: claramente, se pueden utilizar otro tipo de argumentos, holísticos, metafísicos, religiosos, etc, que contengan esa capacidad potencial. Pero está claro que si se pudiese encontrar una manera de limitar ese poder de una manera más 'realista' y sin necesidad de recurrir a terceras hipótesis podría encontrar (yo, al menos) otra manera de validar, en el contexto en el que la 'magia' existe, su consistencia.
Quizás una historia interesante sería la de alguien que empieza a vivenciar ese poder, y que repentinamente se encuentra con la posibilidad de volverse algo muy próximo a una entidad todopoderosa. Cuál sería la problemática que se podría plantear? Elegiría detenerse? Por qué, y por qué no? Cuál sería el objetivo, en tal búsqueda? En todo caso, esa adquisición de conocimiento y poder, le permitiría responder la pregunta inicial, la que motivó su búsqueda? En principio me permito suponer que no, por cuestiones relativamente obvias, pero bueno, ya se verá cuando le dedique más tiempo...
Todo esto es súper discutible y no es más que un borrador de idea, pero quería tenerla anotada en alguna parte para no olvidarla. Si alguien quiere hacer alguna crítica o comentario, mucho más que bienvenido...
Para qué
Tuve la responsabilidad de rescatar a un hermano.
Tuve que responder esa pregunta: para qué.
Para qué me levanto, hoy.
Para qué voy a la panadería.
Para qué creo, para qué trabajo.
Supongamos que me vuelva la persona más exitosa del planeta. Ok, para qué?
Vos, que hace años que venís lidiando con la puta preguntita. Para qué?
Supongo que un refugio en razones racionales relativamente bien elaboradas aleja lo irrespondible de la pregunta. Un recurso al misticismo, a la irracionalidad calmante, también. Pero en última instancia, la preguntita sigue ahí, y ni él ni yo vamos a saber cómo responderla.
Supongo, como dije, que la única razón por la que vale la pena no renunciar es para seguir teniendo oportunidades de responderla. Tal vez aprender a vivenciar esa aparente paradoja sea la única razón, la única causa de la existencia consciente.
Uno puede, siempre (o casi siempre, bah) elegir ser un durmiente, un muerto vivo más. Si total está lleno el mundo, qué le hace una mancha más al tigre. Pero por un lado, una vez que abriste los ojos se complica cerrarlos... y por otro lado, terquedad básica: a mí no me vas a ganar, vida puta. No te voy a entregar tu sentido, y si me ganás voy a morir de pie, batallando, con los ojos bien abiertos, mirándote a la cara cuando te decidas a llevarte mi último hálito vital. No me vas a hacer un cobarde, no te tengo miedo: con los dientes apretados y mi puño de piedra que me defiende daré batalla. No hay discursos ligeros que valgan, no hay disimulo posible: esto es exclusivamente entre vos y yo, y no me vas a ganar. Te lo voy a gritar en la cara, te voy a sacar el sentido aunque no quieras, aunque te resistas hasta el último estertor y te valgas de todos tus recursos, incluso los más bajos, para adormecer mis sentidos y volver estéril mi alma. No te voy a permitir que uses a tus esbirros para engañarme y, de esa manera, dejar de creer. No te la vas a llevar así nomás.
Supongo que la firme convicción que da la terquedad puede levantar a los muertos... o puede ayudar a inventar razones para argumentos en cualquier otra circunstancia indefendibles. Pero por ahora, mi argumento se mantiene firme.
Tuve que responder esa pregunta: para qué.
Para qué me levanto, hoy.
Para qué voy a la panadería.
Para qué creo, para qué trabajo.
Supongamos que me vuelva la persona más exitosa del planeta. Ok, para qué?
Vos, que hace años que venís lidiando con la puta preguntita. Para qué?
Supongo que un refugio en razones racionales relativamente bien elaboradas aleja lo irrespondible de la pregunta. Un recurso al misticismo, a la irracionalidad calmante, también. Pero en última instancia, la preguntita sigue ahí, y ni él ni yo vamos a saber cómo responderla.
Supongo, como dije, que la única razón por la que vale la pena no renunciar es para seguir teniendo oportunidades de responderla. Tal vez aprender a vivenciar esa aparente paradoja sea la única razón, la única causa de la existencia consciente.
Uno puede, siempre (o casi siempre, bah) elegir ser un durmiente, un muerto vivo más. Si total está lleno el mundo, qué le hace una mancha más al tigre. Pero por un lado, una vez que abriste los ojos se complica cerrarlos... y por otro lado, terquedad básica: a mí no me vas a ganar, vida puta. No te voy a entregar tu sentido, y si me ganás voy a morir de pie, batallando, con los ojos bien abiertos, mirándote a la cara cuando te decidas a llevarte mi último hálito vital. No me vas a hacer un cobarde, no te tengo miedo: con los dientes apretados y mi puño de piedra que me defiende daré batalla. No hay discursos ligeros que valgan, no hay disimulo posible: esto es exclusivamente entre vos y yo, y no me vas a ganar. Te lo voy a gritar en la cara, te voy a sacar el sentido aunque no quieras, aunque te resistas hasta el último estertor y te valgas de todos tus recursos, incluso los más bajos, para adormecer mis sentidos y volver estéril mi alma. No te voy a permitir que uses a tus esbirros para engañarme y, de esa manera, dejar de creer. No te la vas a llevar así nomás.
Supongo que la firme convicción que da la terquedad puede levantar a los muertos... o puede ayudar a inventar razones para argumentos en cualquier otra circunstancia indefendibles. Pero por ahora, mi argumento se mantiene firme.
lunes, 8 de junio de 2009
Acerca de la Traición, Edipo y Kundera
Quiero reflexionar en torno al concepto de traición, en particular al de traición de principios, de compromisos emocionales, no racionales, a la necesidad de construir un discurso, una moral en torno a la cual la traición deja de ser tal y se transforma en contingencia, en simple circunstancia contenida por un devenir inevitable. Edipo en la nota de Tomás: la responsabilidad de los propios actos, el reconocimiento de la culpa a pesar del accionar negligente, el causar daño en otro u otros y argumentar que no había escapatoria, que no es que se fue cobarde sino que no se pudo actuar de otra manera porque los sentimientos, o la política, o la sociedad o la circunstancia. El peor enemigo del espíritu libre, sensible, es el traidor, aquél que actúa únicamente partiendo de la entidad puntual (yo, aquí, ahora), olvidando que el universo es interactuante, que se conforma por definiciones extensas (nosotros, aquí y allá, ayer y mañana). Cómo se le da entidad al que traiciona sus principios, al que traiciona su palabra, su persona? Cómo se entiende a quien logra seguir viviendo a pesar de haber decidido renunciar a probablemente lo único que lo hace digno, su palabra, su coherencia entre palabra y acto? Que moral maldita es la que, en la concepción de tales individuos, logra permitirles que trasciendan una escisión tan evidente? Claramente, a través de nuevos discursos en los cuales el mal actuar no sea tal cosa sino que adquiera plena significación, recurriendo en general a la salvación individual...
Pero más importante, como es que *nosotros* dejamos que determinadas personas, vestidas en galas angelicales, intelectuales, emocionales, sensibles, logren vulnerar las defensas para, una vez habiendo entrado como Aquiles y su puto caballo, destruir Troya desde adentro, logrando que no quede absolutamente nada en pie, ni siquiera la fe en el amor, en la amistad, en que existe algo bueno en este puto mundo? Como podemos seguir creyendo en que existe algo bueno si fue justamente un ángel inmaculado quien decidió clavar la daga justo a la altura del corazón, por la espalda pero al mismo tiempo mirándonos a los ojos, dejándonos ver que son tan buenos, y tan miserables, y tan cobardes y tan terribles como nunca hubiésemos podido concebir? Como se reconstruye la bondad, la fe... la fe en todo lo que da sentido a la existencia, si esos que te permitían fundamentarla fueron quienes en definitiva te la destruyeron...? Nada, supongo que entonces no queda nada, y no queda más alternativa que aceptar que las únicas soluciones válidas son las de compromiso, las que te permiten sobrellevar el dáa, aceptar que las cosas fluyen y no hay nada después de ellas, que el sentido se acaba allí mismo, en el punto, que no sólo no tiene sentido confiar sino que incluso es contraproducente... que las cosas existen únicamente mientras duran y no hay proyección posible, que la traición está a la vuelta de la esquina y quien hoy es tu amigo o te declara amor incondicional mañana te puede estar traicionando en tu negocio, acostándose con tu mujer o diciéndote que se le pasó el amor, que quiere ser un 'espíritu libre'... esta gente terrible pone en jaque cualquier fundamento para la construcción, y me sigo preguntando en virtud de qué se valida tamaña destrucción, tamaña incapacidad de soportar la bondad, el credo, el vinculo, la inocencia, el amor, la inmanencia. Prefiero seguir siendo inocente, ingenuo. Prefiero creer que lo que hacemos en vida repercute en la eternidad, que todas nuestras traiciones algún día nos pasarán la cuenta, y que lo que nos dignifica es la capacidad de vincularnos, que nuestra libertad se juega también en la dignidad que exhibimos cuando elegimos jugarnos por una causa, por una persona, por un amor. Descreo de quienes oscilan como veletas, por más que es el paradigma de la época, descreo y desprecio a quienes se montan a una reputación, un cargo o un delirio de grandeza insufrible, a quienes declaman amar y poder entregarse libremente para luego salir corriendo pues son incapaces de asumir su libertad como capacidad de compromiso. Me siento digno, feliz y honrado de saber hacerme cargo de mis emociones, de mis decisiones, de mis compromisos, de mi amor. Siento que tengo algo personal con todos aquellos que no sólo son cobardes y dicen no serlo, sino que además se arman un discurso en el cual son buenos y poseen justas razones para actuar como hacen, que carecen de la capacidad de hacerse responsables de sus actos, del daño que hacen a sus semejantes cuando actúan como criaturas inconscientes, como egos sobredimensionados y al mismo tiempo insoportablemente dolientes.
A través de estos seres me manifiestan criaturas de pesadillas ancestrales, que buscan justificar su accionar con palabras dulces: esbirros del Sin Nombre, lamias, íncubos y súcubos, demonios miserables, fétidos y corruptos que pervierten el sentido de la existencia.
En otro momento escribiré más sobre Edipo y la incapacidad de declararse negligente, que la negligencia no es excusa como para negar la culpabilidad. Esa reflexión, hecha claramente antes de haber leído el libro de Kundera al que hago referencia, es la que me llevó a mí mismo en su momento a penar mis (pequeñas? grandes?) traiciones, a no desaparecer de la vida de mi hija, a hacerme cargo de que mi negligencia no me liberaba de mi responsabilidad y estaba llamado a responder a ella. Esto nos diferencia a nosotros de a ellos: ellos se van, nosotros nos quedamos y nos hacemos responsables de nuestros actos, de nuestra palabra empeñada, y si no podemos entonces no buscamos un discursete barato que permita hacernos sentir buenos y que actuamos con justa causa: no, me hago cargo: fui un flor de hijo de puta, y con esa incapacidad de ser completamente bueno cargaré toda mi vida, por más que me duela, por más que sea insoportable el saber que se es tan capaz de dañar como cualquier otro. Soy miserable, bajo, humano, y mis errores definen buena parte de mi existencia: parte de esos errores son los dolores que, a sabiendas o por error, supe causar a alguno de mis hermanos, alguna de esos otros seres que han compartido tiempo de conciencia conmigo.
Trato de bancármela, trato de no ser cobarde, y el no salir corriendo es algo que muchas veces se pena, día a día, pero a veces en el discurso se encuentra un aliciente: insisto, el saber que se es digno, que no se buscaron razones (sabe Dios que nos sobran, siempre) para excusar un comportamiento miserable. Y sí, a veces se duda, a veces se maldice, pero la condición humana implica finitud, y quien pretende ser omnipotente, quien cree gozar de un exceso de poder, quien cree que puede conocerlo todo, tarde o temprano se encontrará a los pies de su tumba penando por nunca haber podido plantar los pies en algo, siquiera en sí mismo, y muere más solo que en el medio del desierto...
Pero más importante, como es que *nosotros* dejamos que determinadas personas, vestidas en galas angelicales, intelectuales, emocionales, sensibles, logren vulnerar las defensas para, una vez habiendo entrado como Aquiles y su puto caballo, destruir Troya desde adentro, logrando que no quede absolutamente nada en pie, ni siquiera la fe en el amor, en la amistad, en que existe algo bueno en este puto mundo? Como podemos seguir creyendo en que existe algo bueno si fue justamente un ángel inmaculado quien decidió clavar la daga justo a la altura del corazón, por la espalda pero al mismo tiempo mirándonos a los ojos, dejándonos ver que son tan buenos, y tan miserables, y tan cobardes y tan terribles como nunca hubiésemos podido concebir? Como se reconstruye la bondad, la fe... la fe en todo lo que da sentido a la existencia, si esos que te permitían fundamentarla fueron quienes en definitiva te la destruyeron...? Nada, supongo que entonces no queda nada, y no queda más alternativa que aceptar que las únicas soluciones válidas son las de compromiso, las que te permiten sobrellevar el dáa, aceptar que las cosas fluyen y no hay nada después de ellas, que el sentido se acaba allí mismo, en el punto, que no sólo no tiene sentido confiar sino que incluso es contraproducente... que las cosas existen únicamente mientras duran y no hay proyección posible, que la traición está a la vuelta de la esquina y quien hoy es tu amigo o te declara amor incondicional mañana te puede estar traicionando en tu negocio, acostándose con tu mujer o diciéndote que se le pasó el amor, que quiere ser un 'espíritu libre'... esta gente terrible pone en jaque cualquier fundamento para la construcción, y me sigo preguntando en virtud de qué se valida tamaña destrucción, tamaña incapacidad de soportar la bondad, el credo, el vinculo, la inocencia, el amor, la inmanencia. Prefiero seguir siendo inocente, ingenuo. Prefiero creer que lo que hacemos en vida repercute en la eternidad, que todas nuestras traiciones algún día nos pasarán la cuenta, y que lo que nos dignifica es la capacidad de vincularnos, que nuestra libertad se juega también en la dignidad que exhibimos cuando elegimos jugarnos por una causa, por una persona, por un amor. Descreo de quienes oscilan como veletas, por más que es el paradigma de la época, descreo y desprecio a quienes se montan a una reputación, un cargo o un delirio de grandeza insufrible, a quienes declaman amar y poder entregarse libremente para luego salir corriendo pues son incapaces de asumir su libertad como capacidad de compromiso. Me siento digno, feliz y honrado de saber hacerme cargo de mis emociones, de mis decisiones, de mis compromisos, de mi amor. Siento que tengo algo personal con todos aquellos que no sólo son cobardes y dicen no serlo, sino que además se arman un discurso en el cual son buenos y poseen justas razones para actuar como hacen, que carecen de la capacidad de hacerse responsables de sus actos, del daño que hacen a sus semejantes cuando actúan como criaturas inconscientes, como egos sobredimensionados y al mismo tiempo insoportablemente dolientes.
A través de estos seres me manifiestan criaturas de pesadillas ancestrales, que buscan justificar su accionar con palabras dulces: esbirros del Sin Nombre, lamias, íncubos y súcubos, demonios miserables, fétidos y corruptos que pervierten el sentido de la existencia.
En otro momento escribiré más sobre Edipo y la incapacidad de declararse negligente, que la negligencia no es excusa como para negar la culpabilidad. Esa reflexión, hecha claramente antes de haber leído el libro de Kundera al que hago referencia, es la que me llevó a mí mismo en su momento a penar mis (pequeñas? grandes?) traiciones, a no desaparecer de la vida de mi hija, a hacerme cargo de que mi negligencia no me liberaba de mi responsabilidad y estaba llamado a responder a ella. Esto nos diferencia a nosotros de a ellos: ellos se van, nosotros nos quedamos y nos hacemos responsables de nuestros actos, de nuestra palabra empeñada, y si no podemos entonces no buscamos un discursete barato que permita hacernos sentir buenos y que actuamos con justa causa: no, me hago cargo: fui un flor de hijo de puta, y con esa incapacidad de ser completamente bueno cargaré toda mi vida, por más que me duela, por más que sea insoportable el saber que se es tan capaz de dañar como cualquier otro. Soy miserable, bajo, humano, y mis errores definen buena parte de mi existencia: parte de esos errores son los dolores que, a sabiendas o por error, supe causar a alguno de mis hermanos, alguna de esos otros seres que han compartido tiempo de conciencia conmigo.
Trato de bancármela, trato de no ser cobarde, y el no salir corriendo es algo que muchas veces se pena, día a día, pero a veces en el discurso se encuentra un aliciente: insisto, el saber que se es digno, que no se buscaron razones (sabe Dios que nos sobran, siempre) para excusar un comportamiento miserable. Y sí, a veces se duda, a veces se maldice, pero la condición humana implica finitud, y quien pretende ser omnipotente, quien cree gozar de un exceso de poder, quien cree que puede conocerlo todo, tarde o temprano se encontrará a los pies de su tumba penando por nunca haber podido plantar los pies en algo, siquiera en sí mismo, y muere más solo que en el medio del desierto...
martes, 6 de noviembre de 2007
5
Acerca de la mecánica cuántica, la continuidad del espacio y el tiempo como válvula de escape para (in)determinados gatos.
Groso. Sinceramente, no por hacerme el socrático, pero cada vez que intento ponerme a pensar seriamente en algo remotamente relacionado con la física me doy cuenta de que sé menos que un pollo. Ah! Quizás si usase este espacio (y absolutamente ningún tipo de vínculo, ni holónomo ni de los otros, me impediría hacerlo en principio) para explicarme determinados Objetos de Conocimiento, podría terminar comprendiéndolos. Whatever the case, el gato se muere o no...? Diríamos que ningunambos, cierto? Y que cuando lo mido (con regla-ojo) lo colapso (pobrecito, como estampilla...), lo aprieto contra la pared hasta que se decide: vivo, o muerto. Pobre gato.
Y si de repente su cola se enroscase en un Lorentz-like-style? Ahí nos atacamos con el folding de los manifolds, Arnold metiendo su lengua por todos lados, Poincaré haciéndose el zonzo y perdimos la brújula, forever.
Calvino, again. El tipo ese evidentemente me ganó de mano. En vez de Cosmicómicas, Cuantitrósticas. Infamias caóticas en torno a la indeterminación del color verde. And so.
Groso. Sinceramente, no por hacerme el socrático, pero cada vez que intento ponerme a pensar seriamente en algo remotamente relacionado con la física me doy cuenta de que sé menos que un pollo. Ah! Quizás si usase este espacio (y absolutamente ningún tipo de vínculo, ni holónomo ni de los otros, me impediría hacerlo en principio) para explicarme determinados Objetos de Conocimiento, podría terminar comprendiéndolos. Whatever the case, el gato se muere o no...? Diríamos que ningunambos, cierto? Y que cuando lo mido (con regla-ojo) lo colapso (pobrecito, como estampilla...), lo aprieto contra la pared hasta que se decide: vivo, o muerto. Pobre gato.
Y si de repente su cola se enroscase en un Lorentz-like-style? Ahí nos atacamos con el folding de los manifolds, Arnold metiendo su lengua por todos lados, Poincaré haciéndose el zonzo y perdimos la brújula, forever.
Calvino, again. El tipo ese evidentemente me ganó de mano. En vez de Cosmicómicas, Cuantitrósticas. Infamias caóticas en torno a la indeterminación del color verde. And so.
4
Cierta charla casualmente poco casual me trasladó a un instante puntual de mi vida en el que alguien me había hecho descubrir a Girondo. Lo desempolvo ahora, y su relectura no me traslada únicamente a las pasiones profundas que tengo adheridas a su lectura sino también a momentos únicos que, vistos en perspectiva, no hacían más que buscar reforzar el sentimiento de náusea terrible que me provocaba la lectura. Recuerdo estar yendo en un tren repleto a las siete de la mañana, a trabajar en el subsuelo del Correo Central enfrentando una máquina-demonio ruidosa, calorífica, perversa, que le ponía sellitos a interminables cajas de cartas, por horas y horas, mientras veía que esas mismas horas se iban para no volver nunca, para perderlas una por una como granos de arena en mis manos, como esas putas y olvidables cartas que debía hacer deslizar por mis manos... y salía de allí, agotado, transpirado y oliendo a papel alcalino para ir a parar a alguno de los antros de Ciudad, a empaparme de la intelectualidad con la que deseaba codearme pero a la que sentía no tenía acceso por derecho natural. Y sin embargo esos dolores en el alma, esa sensación de estar en cualquier lado menos en el correcto, daban una pauta de que quizás no estaba equivocado, que quizás tenía algo que hacer allí.
Recuerdo -como si estuviese ocurriendo ahora- ese momento de viaje en tren. Casi llegando a Retiro, habiendo logrado sentarme, mirando por la ventana de principios de noviembre (aniversario, mirá vos...) el entrecruzamiento de las vías mientras intentaba tragar las lágrimas, el grito y las ganas de tirarme por la ventana y ser un durmiente más, en ambos sentidos. Recuerdo patente la sensación de ahogo, de falta de aire, esa angustia insoportable, indescriptible, irreprimible. Y en medio de eso encontraba el consuelo en la lectura de lo que a mis ojos se les antojaba como un alma gemela, un alma que había sufrido el mismo tormento, o uno parecido.
EJECUTORIA DEL MIASMA
Este clima de asfixia que impregna los pulmones
de una anhelante angustia de pez recién pescado.
Este hedor adhesivo y errabundo,
que intoxica la vida
y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo.
Este miasma corrupto,
que insufla en nuestros poros
apetencias de pulpo,
deseos de vinchuca,
no surge,
ni ha surgido
de estos conglomerados de sucia hemoglobina,
cal viva,
soda cáustica,
hidrógeno,
pis úrico,
que infectan los colchones,
los techos,
las veredas,
con sus almas cariadas,
con sus gestos leprosos.
Este olor homicida
rastrero,
ineludible,
brota de otras raíces,
arranca de otras fuentes.
A través de años muertos,
de atardeceres rancios,
de sepulcros gaseosos,
de cauces subterráneos,
se ha ido aglutinando con los jugos pestíferos,
los detritus hediondos,
las corrosivas vísceras,
las esquirlas podridas que dejaron el crimen,
la idiotez purulenta,
la iniquidad sin sexo,
el gangrenoso engaño;
hasta surgir al aire,
expandirse en el viento
y tornarse corpóreo;
para abrir las ventanas,
penetrar en los cuartos,
tomarnos del cogote,
empujarnos al asco,
mientras grita su inquina,
su aversión,
su desprecio,
por todo lo que allana la actitud de las horas,
por todo lo que alivia la angustia de los días.
Más terrible aún que tener el tiempo para pensar en todo lo que no podés hacer con el poco tiempo que te fue dado es, además, ser consciente de ello y no poder ocupar ese mismo tiempo para siquiera pensar en la miseria de la existencia pues se debe usar ese tiempo para otras cosas, como trabajar de máquina o similar.
Nunca logré comprender cómo es que no hay un estado de rebeldía existencial general. Supongo que la presión de la certeza de este tipo de inquietudes es lo suficientemente grande como para que poca gente pueda tolerarla por mucho tiempo sin la necesidad de ir a ver la tele. O sin buscarse un trabajito que no la haga pensar. Estar en medio de la tormenta sin nada a qué aferrarse es complejo; alguno diría hasta suicida. Siempre fantaseé con que la única manera de exacerbar la percepción de la realidad es aprender a caminar por el borde del precipicio: al fin y al cabo, lo sencillo, lo previsible, lo cómodo, aburre. Si las cosas son infinitamente repetitivas no hay forma de que terminen siendo un estímulo.
A veces me pregunto cómo conviven estas, digamos... inquietudes, más otras menos corrosivas, con el hecho de que mi tiempo (único, irrepetible, finito, efímero) debe ser intercambiado por metálico. Digo, el intercambio es tan evidentemente ridículo que no resiste el menor análisis; a veces fantaseo con la perspectiva de una conciencia fotosintética, que no requiera más que sol para vivir. Como sea, me pregunto. Y no lo entiendo del todo; de alguna manera cierta premura, cierta angustia desapareció, y puedo saber que no voy a poder hacer ni ser casi nada de lo que desearía, pero en virtud de esa aceptación logro disfrutar muchísimo más lo (extremadamente) poco y terriblemente pueril que logro concretar. Es más, por usar una imagen: el mirar de manera concienzuda una línea me permite comprenderla de una manera tal que, a través de ella, logro comprender todas las líneas y sus interacciones. Si mirase el conglomerado no podría comprenderlo, no podría visualizar el todo sin perderme, sin ahogarme. Supongo que esta lección me la dio mi hermano con su infinita paciencia.
Quizás no sería mala idea ponerle música adecuada a los poemas de Girondo. Habría que buscar la manera de hacerlo y sobrevivir a ello.
Maldita asociación libre...
Recuerdo -como si estuviese ocurriendo ahora- ese momento de viaje en tren. Casi llegando a Retiro, habiendo logrado sentarme, mirando por la ventana de principios de noviembre (aniversario, mirá vos...) el entrecruzamiento de las vías mientras intentaba tragar las lágrimas, el grito y las ganas de tirarme por la ventana y ser un durmiente más, en ambos sentidos. Recuerdo patente la sensación de ahogo, de falta de aire, esa angustia insoportable, indescriptible, irreprimible. Y en medio de eso encontraba el consuelo en la lectura de lo que a mis ojos se les antojaba como un alma gemela, un alma que había sufrido el mismo tormento, o uno parecido.
EJECUTORIA DEL MIASMA
Este clima de asfixia que impregna los pulmones
de una anhelante angustia de pez recién pescado.
Este hedor adhesivo y errabundo,
que intoxica la vida
y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo.
Este miasma corrupto,
que insufla en nuestros poros
apetencias de pulpo,
deseos de vinchuca,
no surge,
ni ha surgido
de estos conglomerados de sucia hemoglobina,
cal viva,
soda cáustica,
hidrógeno,
pis úrico,
que infectan los colchones,
los techos,
las veredas,
con sus almas cariadas,
con sus gestos leprosos.
Este olor homicida
rastrero,
ineludible,
brota de otras raíces,
arranca de otras fuentes.
A través de años muertos,
de atardeceres rancios,
de sepulcros gaseosos,
de cauces subterráneos,
se ha ido aglutinando con los jugos pestíferos,
los detritus hediondos,
las corrosivas vísceras,
las esquirlas podridas que dejaron el crimen,
la idiotez purulenta,
la iniquidad sin sexo,
el gangrenoso engaño;
hasta surgir al aire,
expandirse en el viento
y tornarse corpóreo;
para abrir las ventanas,
penetrar en los cuartos,
tomarnos del cogote,
empujarnos al asco,
mientras grita su inquina,
su aversión,
su desprecio,
por todo lo que allana la actitud de las horas,
por todo lo que alivia la angustia de los días.
Más terrible aún que tener el tiempo para pensar en todo lo que no podés hacer con el poco tiempo que te fue dado es, además, ser consciente de ello y no poder ocupar ese mismo tiempo para siquiera pensar en la miseria de la existencia pues se debe usar ese tiempo para otras cosas, como trabajar de máquina o similar.
Nunca logré comprender cómo es que no hay un estado de rebeldía existencial general. Supongo que la presión de la certeza de este tipo de inquietudes es lo suficientemente grande como para que poca gente pueda tolerarla por mucho tiempo sin la necesidad de ir a ver la tele. O sin buscarse un trabajito que no la haga pensar. Estar en medio de la tormenta sin nada a qué aferrarse es complejo; alguno diría hasta suicida. Siempre fantaseé con que la única manera de exacerbar la percepción de la realidad es aprender a caminar por el borde del precipicio: al fin y al cabo, lo sencillo, lo previsible, lo cómodo, aburre. Si las cosas son infinitamente repetitivas no hay forma de que terminen siendo un estímulo.
A veces me pregunto cómo conviven estas, digamos... inquietudes, más otras menos corrosivas, con el hecho de que mi tiempo (único, irrepetible, finito, efímero) debe ser intercambiado por metálico. Digo, el intercambio es tan evidentemente ridículo que no resiste el menor análisis; a veces fantaseo con la perspectiva de una conciencia fotosintética, que no requiera más que sol para vivir. Como sea, me pregunto. Y no lo entiendo del todo; de alguna manera cierta premura, cierta angustia desapareció, y puedo saber que no voy a poder hacer ni ser casi nada de lo que desearía, pero en virtud de esa aceptación logro disfrutar muchísimo más lo (extremadamente) poco y terriblemente pueril que logro concretar. Es más, por usar una imagen: el mirar de manera concienzuda una línea me permite comprenderla de una manera tal que, a través de ella, logro comprender todas las líneas y sus interacciones. Si mirase el conglomerado no podría comprenderlo, no podría visualizar el todo sin perderme, sin ahogarme. Supongo que esta lección me la dio mi hermano con su infinita paciencia.
Quizás no sería mala idea ponerle música adecuada a los poemas de Girondo. Habría que buscar la manera de hacerlo y sobrevivir a ello.
Maldita asociación libre...
lunes, 5 de noviembre de 2007
3
Más ideas sueltas, para retomar la escritura permanentemente inconclusa.
El otro día pensaba en el arcón de infinitos pequeños papelitos de Calvino, en el que ponía todas las pequeñas ideas que anotaba cada vez que viajaba, o tenía un minúsculo rapto de inspiración. Esto debería funcionar de la misma manera, sólo que ahora, como estamos cibernetizados...
Tendré alguna vez mi propia versión de Las Ciudades Invisibles...? No lo creo, pero como puse alguna vez... quizás tenga mis pueblos visibles.
Como sea, ideas. Determinadas conversaciones y agentes con cierta relevancia en mi vida en las últimas semanas han devolvido (ap) ciertas... inquietudes, ciertas preguntas no del todo apagadas a su lugar habitual. Ciertamente estas *xcosas* se conjugan a través de entidades ligeramente intrazables, como los callejones laberínticos de Parque Chas, la mirada rebelde de Capote y las anécdotas Juvenilianescas de un pasado de estudiante de ciencias aislado en un seminario del Opus. Sin obviar, por supuesto, la expansión de la naturaleza de PQ por sus alrededores Urquicescos, que transforma la avenida Monroe en una cinta de Möbius sin que medie aviso.
Es interesante cómo encuentro un hilo lógico, evidente en la interacción entre todas estas entidades; interesante cómo una sirena devenida primer motor (móvil, embriagante) decide, en profundidades insondables, aprovechar el advenimiento de cada segundo equinoccio para transformar la topología de mis días. Transito por territorios desconocidos, por más que conozco de memoria la sombra de mis pasos. Algo que desconozco elige arbitrariamente imponer ante mí determinadas presencias ineludibles que, cual si buscasen forzar la metáfora relativista, logran trastornar, deformar, atraer, modificar de manera irrevocable la topología de determinados atardeceres.
Otro elemento que aparece de manera recursiva es el tablero de ajedrez. Obvio, al lado se me apareció un pentagrama y, justito después, Kepler haciendo música con sus putos sólidos perfectos... Ya, ahí tengo elementos como para otro delirio más. El tema es encontrar quién es la excusa como para que esos elementos se desarrollen de la manera apropiada. Pero no hay problema, ya los encontraré.
Volviendo a PQ, la hipótesis de trabajo es que ese engendro barrial no está allí como mera consecuencia de lo casual; sus calles tienen un mensaje, pero nadie se dio cuenta todavía (o los que se dieron cuenta están six feet under). De todas maneras todavía no termino de decidirme si tiene sentido hacer una versión local del código Da Vinci / péndulo (ja, pretencioso...? naaaa...), o si sería mejor algo en joda. Obvio tienta más la primera, aunque no sé. Como sea, repentinamente resurgió el relato del aspirante a numerario que psicopatea denunciando pequeñas faltas en la soledad de una habitación en el retiro, al lado del asfixiante informe sobre ciegos: no puedo siquiera pensar en confabulaciones (menos publicarlas, Vive Dios) sin que alguno de los agentes lo sepa. Luego, no se lo piensa.
Pendientes para cerrar esto: tiempo! lecturas! conocimiento! aaaaaaaaaa!!!! como todas mis putas ideas, a la espera siempre de un estiletazo certero que decida su destino.
Lamentablemente cualquier finalización adolece del problema de serlo. No hay forma de cerrar un tanguete sin que el chan chan sea al mismo tiempo previsible y discordante con el resto. Como el inicio, bah; pasa que una vez que largaste ya estás en el baile y enseguida te lo olvidás. El final es inolvidable porque después no queda nada...
Pero a lo que iba
es a que nunca puedo cerrar las ideas. Quizás me termino enamorando de ellas, quizás lo que ocurre (y creo que es la razón principal) es que debe existir (en el sentido de 'it must exist') una razón para el fin, sino es simplemente un dejar de decir cosas porque se agotaron, o porque no tengo más ganas de decirlas, o porque es canónico que todo termine, incluso un relato. Quizás concibo un relato más como una ecuación, como una demostración, más que cualquier otra cosa: una demostración, por medio de una lógica no necesariamente racional (@all!), aristotélica o bla, de algo que no puedo concebir fuera de ella misma. Demostración de...? Ah, caray, qué buena pregunta. No creo que fabular acerca de delirios místicos o ficticios sea una manera de demostrar la existencia, pero creo que pinta más para el lado de lograr crear una metarealidad, que en definitiva es lo que termina haciendo uno como científico/pensador cada vez que decide intentar explicar un minúsculo aspecto de la realidad que percibe: cada vez que descubro o comprendo una idea que pretende explicar 'algo', me creo (en ambos sentidos, to create and to believe) un cuentito chino, más o menos tragable, acerca de cómo son las cosas. Ok, me creo algo que luce bello, cerrado y coherente. Los mismos atributos que busco para cualquier relato que intente cerrar. Y esta historia del relato vale no sólo para estos dos ítems que acabo de mencionar: vale también para mi delirio inacabable acerca del sentido de un trazo con el pincel, y valdría también para cualquier instancia creativa que pudiese ocurrírseme.
De todas maneras ha de haber una conclusión en un relato, y esa conclusión debería estar dada como consecuencia inevitable de cualquier (o sea todo) elemento previamente delineado. Supongo que lo que me hace ruido es el pensar en ese delineamiento apriorístico: dado que no sólo no conozco lo que quiero decir ni cuál es su lógica, es una contradicción de principios el pretender conocerla... por otro lado, siempre sentí que cuando puedo explicarme las cosas se tornan ligeramente triviales, y por lo tanto dejan de tener interés/comienzan a aburrirme. Entonces, para que un relato de cualquier tipo tenga el interés que deseo que tenga, debe contener claramente una importante componente que no me sea comprensible. Pero si no me es comprensible entonces no puedo establecer ni cuál es su lógica ni, obviamente, cómo se delinean los elementos que componen dicho relato. Es menester, entonces, contar con otro elemento de algún tipo que sea el que en definitiva termine teniendo la responsabilidad de estructurar el relato. Ese elemento, supongo, ha de tener algo que ver con la intuición, pero agregarla en este contexto es más o menos lo mismo que haber mencionado a Dios, o a decir la palabra hcqbibQAxaskln: un signo, cuyo contenido en realidad sólo viene a cumplir el rol de ser quien oculta un significado que me es esquivo.
Entonces lo único que hice fue correr la pregunta, crearme otro elemento conceptual para en definitiva no resolver nada. Palabras más, palabras menos, la misma pregunta que rompe los cuernos desde los quince... de dónde sale eso que no puedo explicar pero que, en definitiva, es quien está encargado de resolver lo que mi presencia consciente no puede ni desea? Eso, es parte de mí, está aquí en alguna parte, pero por motivos no del todo claros me resulta completamente inaccesible, al menos con esta mirada.
Amo la asociación libre.
El otro día pensaba en el arcón de infinitos pequeños papelitos de Calvino, en el que ponía todas las pequeñas ideas que anotaba cada vez que viajaba, o tenía un minúsculo rapto de inspiración. Esto debería funcionar de la misma manera, sólo que ahora, como estamos cibernetizados...
Tendré alguna vez mi propia versión de Las Ciudades Invisibles...? No lo creo, pero como puse alguna vez... quizás tenga mis pueblos visibles.
Como sea, ideas. Determinadas conversaciones y agentes con cierta relevancia en mi vida en las últimas semanas han devolvido (ap) ciertas... inquietudes, ciertas preguntas no del todo apagadas a su lugar habitual. Ciertamente estas *xcosas* se conjugan a través de entidades ligeramente intrazables, como los callejones laberínticos de Parque Chas, la mirada rebelde de Capote y las anécdotas Juvenilianescas de un pasado de estudiante de ciencias aislado en un seminario del Opus. Sin obviar, por supuesto, la expansión de la naturaleza de PQ por sus alrededores Urquicescos, que transforma la avenida Monroe en una cinta de Möbius sin que medie aviso.
Es interesante cómo encuentro un hilo lógico, evidente en la interacción entre todas estas entidades; interesante cómo una sirena devenida primer motor (móvil, embriagante) decide, en profundidades insondables, aprovechar el advenimiento de cada segundo equinoccio para transformar la topología de mis días. Transito por territorios desconocidos, por más que conozco de memoria la sombra de mis pasos. Algo que desconozco elige arbitrariamente imponer ante mí determinadas presencias ineludibles que, cual si buscasen forzar la metáfora relativista, logran trastornar, deformar, atraer, modificar de manera irrevocable la topología de determinados atardeceres.
Otro elemento que aparece de manera recursiva es el tablero de ajedrez. Obvio, al lado se me apareció un pentagrama y, justito después, Kepler haciendo música con sus putos sólidos perfectos... Ya, ahí tengo elementos como para otro delirio más. El tema es encontrar quién es la excusa como para que esos elementos se desarrollen de la manera apropiada. Pero no hay problema, ya los encontraré.
Volviendo a PQ, la hipótesis de trabajo es que ese engendro barrial no está allí como mera consecuencia de lo casual; sus calles tienen un mensaje, pero nadie se dio cuenta todavía (o los que se dieron cuenta están six feet under). De todas maneras todavía no termino de decidirme si tiene sentido hacer una versión local del código Da Vinci / péndulo (ja, pretencioso...? naaaa...), o si sería mejor algo en joda. Obvio tienta más la primera, aunque no sé. Como sea, repentinamente resurgió el relato del aspirante a numerario que psicopatea denunciando pequeñas faltas en la soledad de una habitación en el retiro, al lado del asfixiante informe sobre ciegos: no puedo siquiera pensar en confabulaciones (menos publicarlas, Vive Dios) sin que alguno de los agentes lo sepa. Luego, no se lo piensa.
Pendientes para cerrar esto: tiempo! lecturas! conocimiento! aaaaaaaaaa!!!! como todas mis putas ideas, a la espera siempre de un estiletazo certero que decida su destino.
Lamentablemente cualquier finalización adolece del problema de serlo. No hay forma de cerrar un tanguete sin que el chan chan sea al mismo tiempo previsible y discordante con el resto. Como el inicio, bah; pasa que una vez que largaste ya estás en el baile y enseguida te lo olvidás. El final es inolvidable porque después no queda nada...
Pero a lo que iba
es a que nunca puedo cerrar las ideas. Quizás me termino enamorando de ellas, quizás lo que ocurre (y creo que es la razón principal) es que debe existir (en el sentido de 'it must exist') una razón para el fin, sino es simplemente un dejar de decir cosas porque se agotaron, o porque no tengo más ganas de decirlas, o porque es canónico que todo termine, incluso un relato. Quizás concibo un relato más como una ecuación, como una demostración, más que cualquier otra cosa: una demostración, por medio de una lógica no necesariamente racional (@all!), aristotélica o bla, de algo que no puedo concebir fuera de ella misma. Demostración de...? Ah, caray, qué buena pregunta. No creo que fabular acerca de delirios místicos o ficticios sea una manera de demostrar la existencia, pero creo que pinta más para el lado de lograr crear una metarealidad, que en definitiva es lo que termina haciendo uno como científico/pensador cada vez que decide intentar explicar un minúsculo aspecto de la realidad que percibe: cada vez que descubro o comprendo una idea que pretende explicar 'algo', me creo (en ambos sentidos, to create and to believe) un cuentito chino, más o menos tragable, acerca de cómo son las cosas. Ok, me creo algo que luce bello, cerrado y coherente. Los mismos atributos que busco para cualquier relato que intente cerrar. Y esta historia del relato vale no sólo para estos dos ítems que acabo de mencionar: vale también para mi delirio inacabable acerca del sentido de un trazo con el pincel, y valdría también para cualquier instancia creativa que pudiese ocurrírseme.
De todas maneras ha de haber una conclusión en un relato, y esa conclusión debería estar dada como consecuencia inevitable de cualquier (o sea todo) elemento previamente delineado. Supongo que lo que me hace ruido es el pensar en ese delineamiento apriorístico: dado que no sólo no conozco lo que quiero decir ni cuál es su lógica, es una contradicción de principios el pretender conocerla... por otro lado, siempre sentí que cuando puedo explicarme las cosas se tornan ligeramente triviales, y por lo tanto dejan de tener interés/comienzan a aburrirme. Entonces, para que un relato de cualquier tipo tenga el interés que deseo que tenga, debe contener claramente una importante componente que no me sea comprensible. Pero si no me es comprensible entonces no puedo establecer ni cuál es su lógica ni, obviamente, cómo se delinean los elementos que componen dicho relato. Es menester, entonces, contar con otro elemento de algún tipo que sea el que en definitiva termine teniendo la responsabilidad de estructurar el relato. Ese elemento, supongo, ha de tener algo que ver con la intuición, pero agregarla en este contexto es más o menos lo mismo que haber mencionado a Dios, o a decir la palabra hcqbibQAxaskln: un signo, cuyo contenido en realidad sólo viene a cumplir el rol de ser quien oculta un significado que me es esquivo.
Entonces lo único que hice fue correr la pregunta, crearme otro elemento conceptual para en definitiva no resolver nada. Palabras más, palabras menos, la misma pregunta que rompe los cuernos desde los quince... de dónde sale eso que no puedo explicar pero que, en definitiva, es quien está encargado de resolver lo que mi presencia consciente no puede ni desea? Eso, es parte de mí, está aquí en alguna parte, pero por motivos no del todo claros me resulta completamente inaccesible, al menos con esta mirada.
Amo la asociación libre.
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